Primera parte
Cuauhtémoc Blas
Lo que viven pueblos del Istmo de Tehuantepec, sobre todo Juchitán e Ixtaltepec es terrible, durísimo. El terremoto que borró de un solo golpe la arquitectura elemental y sencilla, pero histórica de esas poblaciones, también cambió de tajo la vida de miles de personas. Todas las viejas casas de tejas y ladrillos rojos pegados con cal y entrelazados (pader maistro, o pared de maestro, se presumía antaño) cayeron al suelo o quedaron inservibles desde esa media noche fatal del 7 de septiembre.
Entre las esperadas, aunque incesantes réplicas, la gente de inmediato se dispuso a retirar sus escombros, derribar lo que quedó, limpiar sus terrenos ahora baldíos. Borrón y cuenta nueva, empezar de nuevo. Bromeaban con pesar, “ya no es casa número 27, ahora es lote 27”. Y al lado el lote 25 y después el 23. El 21 aún conserva casa en aparente buen estado, pero el 19 sí se derrumbó.
Casas de más de 100 años de antigüedad, conservadas con esmero algunas, altas, heredad de siglos, de familias con su historia cada una, tan originalmente conservadas que no se reforzaron acorde a los nuevos lineamientos de construcción, con el uso de acero y castillos. Nadie les exigió eso, ninguna autoridad revisó nunca esas casas, ni siquiera a los edificios céntricos con poca antigüedad, algunos de los cuales también cayeron.
En años recientes, la mayoría de nuevas casas se construyeron de acuerdo “al entender” del propietario, con su albañil de cabecera, “construcciones amateurs”, calificó un experto. Muchas casas relativamente nuevas cayeron por esa mala construcción, eso está a simple vista, aunque puede no ser el único motivo. Los famosos contratistas que cobran lo doble y construyen con la mitad quedándose con lo restante, también quedaron en evidencia.
Largo, largo es el saldo o recuento de esta desgracia demoledora que destruye a esos pueblos, no sólo son casas caídas, es un pueblo que se disgrega en una diáspora, un éxodo de familias y personas que huyen de los sismos incesantes, algunas quizá no volverán. Similar al Oaxaca de Juárez de 1931, cuando los oaxaqueños que pudieron salieron de la ciudad, con sus capacidades que dejó a Oaxaca sin esa élite intelectual.












