Temblor y codicia de políticos y ciudadanos
Cuauhtémoc Blas
Los daños que la fuerza de la naturaleza ha traído a los municipios del Istmo de Tehuantepec son demasiados. Golpea por todos lados, pega duro en todos los aspectos, pone a prueba, exhibe, desnuda. Son de los Heraldos Negros que nos manda la muerte, diría César Vallejo en su monumental poema.
No sólo cayeron las casas, también rodaron los últimos pedazos de credibilidad de quienes deberían ser literalmente servidores públicos y se revelan como enemigos públicos. En esto como con el terremoto, los derrumbes fueron al parejo, casas, edificios, palacios municipales, escuelas, iglesias. Sobre todo, aquellos mal construidos, con deficientes cimientos. Así nuestros funcionarios exhibieron similares debilidades, malos cimientos y peores estructuras.
Presidentes municipales, diputados, funcionarios compitieron por ser los peores. Desde quienes desviaban los víveres a sus domicilios y se repartían alegremente el erario entre regidores que si se "acercaron" dizque para ayudar en la contingencia como sucedió en el Ayuntamiento de Juchitán.









