Tuesday, 06 de October de 2026
Libro: OAXACA, Insula de Rezagos
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COLUMNAS >> Humor Oaxaqueño

Humor

Pirómano y abonero

Un tal Yariu Urias Piu, hace un par de décadas prendió fuego al palacio municipal de su pueblo y huyó, se refugió en las cálidas tierras del Istmo donde halló hospitalidad de sobra: negocios, cargos públicos, la liberalidad que ha hecho famosa a esa tierra con sus Intrépidas y hasta una buena mujer. Muy contento estaba el pirómano en esas tierras, donde empezó a acumular cierta fortuna, siempre atrás, pegado a su amo y socio tehuano.
Lo mejor que encontró Yariu fue ese gran cómplice con quien dio rienda suelta a todos sus talentos. Taimado negociante, sabía cómo complacer a su amo y socio. Sin embargo, no todos los turbios negocios que hacía desde el cargo público que su amo y socio le dispensara iban viento en popa, pues desde que la clientela del Valle resentía la crisis, pocos podían pagarle las plazas de burócratas que vendía.
Ante tal situación urdió un plan innovador: vender las plazas en abonos. Su consigna era que nadie se fuera sin dejar un billete. Pero cómo la crisis arreciera y los compradores de plazas dejaron de plano de pagar, Yariu tuvo que enfrentar el disgusto de su amo y socio que lo cuestionó.
—   ¿Qué pasó perrito, ya no tenemos plazas y no veo claro? ¿Cómo me explicas eso? ¿Qué ha pasado? ¿No me estarás llevando al baile de las Intrepidas?
—No, nada de eso, dijo sudoroso el pirómano y abonero. Le tengo una mala noticia pero también una buena amo. Es que he dado puro fiado esas plazas y la mayoría no me pagó.
— ¿Y la buena?
— La buena es que se las di caro.

 

 

Humor

Por llevarme la contraria

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Un diputado federal oaxaqueño, conocido como “El Aspirina”, realizaba un trámite en un banco del centro de la ciudad de Oaxaca acompañado de su esposa (ferviente admiradora del candidato de la coalición al gobierno estatal).
Había poca gente, por lo que tranquilamente esperaban su turno. De repente, un torvo sujeto que portaba una pavorosa pistola calibre 45 irrumpió y al grito de “¡Esto es un asalto!”, amenazó a las cajeras, quienes le entregaron gruesos fajos de billetes.
El bandolero notó que uno de los clientes lo miraba atentamente y, sospechando que  delatara sus características, ya que no llevaba máscara, lo confrontó fieramente:
—¡Tú que viste, wey!
—Yo, yo, este… yo —balbuceó asustado el pobre hombre. El criminal, sin esperar más, le apuntó a la cara y le disparó, cayendo muerto el individuo.
De inmediato se acercó al diputado priista:
—Y, ¿tú que viste cabrón? —A lo que el legislador contestó tranquilamente y luego señaló a su mujer:
—¿Yo?, no vi ni madres… pero esta, vio todo… y es bien chismosa!

 

Humor

El pendejo de Belcebú

Odiseo Ruz visitó la tierra de la mortal Sandunga (a eso la había reducido Belcebú Santos). El gobernador sabía de las tropelías del presidente religioso, y para congraciarse con el electorado en tan importante época realizó una magna reunión en el campo de beisbol.
—Apoyen a mi delfín —los arengó—, y les prometo otro río grande y un mercado bonito.
—No Odiseo —le gritó una tehuana grandota—. Mejor constrúyenos un parque, ¡porque ese pendejo de Belcebú el que teníamos ya lo hizo mercado!

 

Humor

Burrecil y su auto increíble

Cuando Héctor Burrecil era joven, su familia era muy pobre. Ya un poco mayor (mucho antes de ser dueño de negocios y de incursionar en la política), con esfuerzos pudo comprar un carro viejísimo que se veía peor porque nunca lo lavaba.
Un día, con varios amigos, entre ellos Girán Cadavera, se fueron a tomar una chelas a Las Salinas del Marqués (sin “z”, por favor). Ya cerca de la cantina, Burrecil estacionó su carcacha; sus amigos bajaron y se dirigieron al antro. Héctor tardaba, por lo que Girán Cadavera regresó a buscarlo y lo halló muy concentrado en poner gruesas cadenas con candados alrededor de aquella ruina de auto.
—¡No mames Burrecil! —increpó Girán —¿¡quién madres se va a robar este piche carro viejo!?
—No eso wey —dijo muy apenado el futuro presidente de Salinabaches—. Es que como está tan viejo, ¡algunos cabrones lo agarran pa’ ca…labacear!

 

Humor

El sueño monumental de Héctor Burrecil

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El presidente de Salina Baches, Hector Burrecil, quería dejar constancia de su paso por la alcaldía de los salinabachienses, por lo que le pidió al gobernador  Odiseo Castro Ruz que le otorgara dinero para hacer una estatua a la entrada del puerto (de paso se carrancearía una lanita pa’ su vejez). Le iba a exigir  a su compadre y cómplice Girán Cadavera que esta obra la hiciera con buenos materiales para que no se cayera como la de los cuatro carriles que construyó y se le cayeron tres veces.
—Mire mi gober —le decía a Odiseo—. Se va a ver bien chida la estatua de una sirena del mar, con su chichis al aire, ¿no jefe? Nomás deme siete millones y mi compadre Girán la hace barata.
El gobernador miraba pensativo el espacio que Burrecil le señalaba. Entrecerró los ojos y le externó.
—Tienes razón, ahí se vería bien un monumento.
Héctor, se quedó frustrado, sintió que su sueño se esfumaba, pero dijo obsequioso:
—Gueno, chif, pero… encima del monumento ponemos la sirena, ¿no?

 

Humor

El hacedor de vida o Belcebú Santos el Demiurgo

Belcebú Santos, presidente istmeño famoso por su problema de Alzheimer (no recordaba dónde dejaba el dinero del pueblo), había asistido a un congreso de bautistas en la zona de Mixteca. Después de la reunión de los hijos de Dios, el profesor de la 22, abordó su lujosa camioneta y, buscando un atajo, tomó un camino equivocado de regreso a la nación del Istmo.
Después de dar muchas vueltas por caminos vecinales, sin hallar ni un campesino (todos habían venido a la capital apoyar a Gabino Cué), consumió toda la gasolina, por lo que angustiado ante el desierto mixteco, se sentó a un lado de la camioneta cubriéndose del sol inclemente
Un poco después acertó a pasar por el lugar una hermosa monja de la orden de las Capuchinas Frappé, quien montaba un humilde borrico. Belcebú Santos la detuvo y apeló a los sentimientos samaritanos de la religiosa para que lo llevara a un lugar civilizado. La monja accedió y Belcebú se montó en el asno tras ella, que gimió ante el peso (el edil siempre carga cien centenarios pa’ lo que se ofrezca).
No había transcurrido ni media hora de camino cuando, sin avisar, el borrico cayó al suelo, como dicen que caen los fulminados por un rayó.  Pasado el susto,  la joven  religiosa y el tramposo, se sentaron en una roca plana bajo un gran mezquite, no muy lejos del asno. Platicaron de varios temas y, ya en confianza, el profesor le dijo que él nunca había visto los pechos de una mujer, y que sería muy feliz y de gran bondad para ella si le permitiera ver los suyos. La monja titubeó unos instantes y, abriendo su traje, le enseño sus enormes y bellos senos, al tiempo que le decía que ella tampoco había visto un sexo masculino.
Ni tardo ni perezoso, Belcebú se bajó los pantalones y le mostró el suyo y la animó a que lo agarrara. La Capuchina lo hizo, lo cual casi colmó la lujuria de Belcebú, quien le su  surró emocionado:
—¿Sabes que si yo la meto puedo dar vida?
La monja sonrió ampliamente y le dijo contenta:
—¡Pues métesela al burro pa’ pode irnos de aquí, wey!

 

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